Un día te levantas y decides que ya va siendo hora de empezar a incorporar cambios en tu día y, sobre todo, en tu dieta. Así, dejas de comprar alimentos precocinados y ultraprocesados, ya no le echas azúcar al café, te horrorizas ante la cantidad de azúcar de la Coca Cola y decides no volver a tomar una en tu vida…

Poco a poco vas dejando de lado el cenar pizza, empiezas a comer la hamburguesa sin pan, la lasaña pasa a ser un plato de capas de calabacines alternadas con carne y más verduras, los espaguetis son calabacines espirilizados… Y, lo más probable, es que lo cambies todo progresivamente excepto el desayuno.

Si eres como la mayoría de las personas, seguramente tengas tan interiorizado que el desayuno ha de ser un gran aporte de carbohidratos dulces acompañados de un café con leche que cambiarlo se hace un mundo y siempre se va postergando. Así que, cuando decides que ya va siendo hora de dejar de lado los cereales, las galletas o las tostadas con mantequilla y mermelada te quedas pensando el típico “y ahora, ¿qué?”.

Y ahora, ¿qué?

La respuesta, muchas veces, es preguntarse qué hacían nuestros antepasados. Para ello, ni siquiera nos tenemos que remontar al Paleolítico, basta con fijarnos en platos tradicionales de desayuno, como el “English Breakfast”, o simplemente preguntar a nuestros abuelos. Recuerdo que mi abuelo para desayunar (las pocas veces que lo hacía), se tomaba los restos de la cena, o se hacía unas patatas con chorizo, o bien se metía entre pecho y espalda una buena tortilla de patatas.

El “English Breakfast”, por su parte, nos invita a comer huevos, panceta, alubias y tomate a la plancha. ¿Vemos por algún lado galletas, magdalenas, bizcochos o similares? Pues no, lo único es la tostada con mantequilla típica del “English Breakfast” y, la más que probable, rebanada de pan de cualquier desayuno de nuestros abuelos.

De hecho, no es hasta el S.XVI cuando se empieza a mencionar el desayuno en los escritos, asociando el desayuno a una mejora en la salud de aquellos que trabajan muchas horas, aunque en el caso de los ricos era un signo de poder y, evidentemente, contaban con mejores alimentos. En el resto de los casos, 2 comidas al día era más que suficiente, teniendo así largos periodos de ayuno.

¿Qué era lo que desayunaban aquéllos que realizaban 3 comidas diarias? La gente menos pudiente tomaba algo de pan, queso y vino o cerveza, mientras que los poderosos consumían carnes, pescados, huevos y mantequilla.

¿Por qué entonces asociamos ahora desayuno con harinas refinadas con azúcar? Pues la respuesta es verdaderamente sorprendente, ya que tiene que ver con la religión o, mejor dicho, lo que algunos fanáticos religiosos entendieron que era un mensaje de Dios.

El origen de los cereales como desayuno

El reverendo Sylvester Graham, allá en el SXIX, pensaba que la carne atraía la lujuria y la enfermedad de la misma manera que lo hacía el alcohol. Predicaba que el ser humano debía de permanecer puro y mantener una dieta vegetariana, tal y como hicieron Adán y Eva en el Paraíso. Promovía la comida vegetariana y el pan hecho en casa con harina de trigo molida parcialmente, sin especias ni otros alimentos que pudieran romper la calma espiritual.

James Caleb Jackson, seguidor de Graham y encargado de un balneario en Nueva York, creía en el poder curativo del agua y de la dieta libre de carne, té, café, tabaco y alcohol. Fue el inventor de la “Granula”, una especie de gachas de trigo molido, siguiendo la receta de Graham y cuya harina recibe su nombre: Graham flour. Estas gachas debían remojarse en agua durante la noche para que fueran comestibles al día siguiente.

Por aquel entonces, un grupo de colonos de la Iglesia Aventista del Séptimo Día se estableció en Michigan creando un “sanatorio”, una especie de balneario, campamento de verano y hospital experimental. La familia Kellog, que posteriormente saltaría a la fama mundial, se encargaba de la cocina del lugar. Fue allí donde desarrollaron una versión más apetecible de la “Granula”. Como no podían llamarla de la misma manera por los derechos de autor, decidieron que el nombre sería “Granola”.

Al mismo tiempo, Henry Perk había descubierto una manera de convertir el trigo en copos. El señor Kellog conoció a Perk y, poco después, desarrolló su idea dando otro salto más: comenzó a utilizar maíz para crear sus cereales, abaratando los costes de producción por ser el maíz un producto más barato que el trigo.  

A partir de aquí, pasó a haber una especie de batalla campal por ver quién desarrollaba y vendía más cereales. Más de cien industrias de desayunos precocinados se establecieron en Michigan. Para ello, no dudaron en utilizar la publicidad y en atribuir a sus cereales características milagrosas, como que eran capaces de curar la malaria o de fortalecer los dientes.

La familia Kellogg trató en vano de conseguir la patente de su producto. Al ver que les era denegada, decidieron convertir sus cereales en algo más palatable y deseable, añadiendo azúcar (aunque estuvieran en contra en un principio por ser un condimento que rompía la calma espiritual que aconsejaba Graham), invirtiendo en publicidad y regalando muestras entre la población. Ni qué decir tiene que fue un dinero muy bien invertido ya que sus cereales han llegado hasta nuestros días.

Y ésta es la sorprendente historia de cómo los cereales se instalaron en nuestras vidas y convirtieron los desayunos en un amasijo de harinas refinadas con azúcar, siempre envueltos en la falsa creencia de sus grandes beneficios y propiedades nutricionales. Debido a esto, hemos oído desde niños que hay que comenzar el día con un gran vaso de leche y una buena cantidad de granos, ya sea de la mano de los copos de cereales, galletas, magdalenas, bizcochos, croissants, etc.

Retomando la pregunta: Y ahora, ¿qué?

¿Qué ocurre cuando queremos dejar de lado estos malos hábitos? Normalmente nos solemos agobiar, ya que no nos imaginamos a nosotros mismos desayunando las sobras de la cena del día anterior. Tampoco nos tienta demasiado la idea de ayunar todos los días para evitar el desayuno. En nuestra cabeza no paramos de repetirnos la misma pregunta una y otra vez: Y ahora, ¿qué carajo desayuno?

Como casi siempre, en la variedad está el gusto. Muchas personas optan por seguir teniendo desayunos dulces pero con alimentos permitidos por la dieta paleo, preparando crepes de plátano y huevo, de harina de coco y leche de coco, magdalenas de harina de almendras y trozos de frutas, etc.

Personalmente, me gusta romper los viejos hábitos e intento que los nuevos no traten de imitar los antiguos por el simple hecho de utilizar alimentos permitidos. Opino que existen numerosas alternativas saludables como para que “copiemos” las insanas transformándolas en saludables. Esto no quiere decir que, de vez en cuando, no me haga unas galletas con harina de coco como postre o unos crepes como desayuno, pero procuro que mi comida no se base en eso.

Para desayunar, podemos optar por tratar al desayuno como una comida más, de la misma manera que trataríamos el almuerzo o la cena. Podemos desayunar platos de huevos en todas sus variantes (fritos, duros, escalfados, tortillas, frittatas…), frutas y verduras (ensaladas, aguacates…), salmón ahumado, salchichas caseras y, si buscamos algo más dulce, algo de fruta o un buen pudding. También podemos, simplemente, desayunar sobras del día anterior.

En posts futuros me extenderé más sobre las ideas de desayuno, realizando comparaciones nutricionales entre un desayuno más “típico” y la propuesta paleo. Proporcionaré las recetas de las diferentes alternativas y, dicho sea de paso, espero que las disfrutéis, saboreéis y, sobre todo, aprendáis conmigo en esta vida Paleo.

Así como la comida causa enfermedades crónicas, también puede ser la cura más poderosa. Hipócrates.