No sé si os pasará lo mismo pero, para mí, el pelo ha sido un verdadero quebradero de cabeza, nunca mejor dicho. Cuando era pequeña, tenía un pelo precioso, de color castaño muy oscuro a la sombra y con tonalidades rojizas cuando le daba el sol. En verano, esas hebras rojizas se convertían en doradas y mi abuela siempre me decía que mi pelo estaba hecho de oro. Me encantaba lo bien que se veía, aunque debía de tener cuidado con él porque se me engrasaba enseguida. Era una niña muy movida, a la que le encantaba hacer deporte y jugar y, si le sumas mi propensión al cabello graso, podéis imaginar que mi pelo requería lavados día sí y día no. A veces, incluso a la tarde del día siguiente.

Las primeras canas me empezaron a salir siendo muy joven, con 18 años. El estudiar una carrera muy estresante, donde ya las primeras semanas nos dejaron claro que se acabaron los fines de semana de relax y que dormir se iba a convertir un lujo, desde luego que le pasó factura a mi cabello y las canas se multiplicaron. A esto hay que sumar que mi alimentación era de pura supervivencia, comiendo prácticamente todos los días en la universidad, con unos menús basados en bocadillos o pizzas. Muchas veces salía de casa a las 7 y media de la mañana y no llegaba hasta las 10 de la noche a casa.

Cuando tenía unos 20 años, empecé a notar que mi pelo cada vez estaba peor, perdiendo su brillo, con las raíces más grasas y las puntas muy dañadas. Como me iba tan pronto de casa y llegaba tan tarde, lo único que le hacía a mi cada vez más dañado pelo era lavarlo con un champú para cabello graso y acudir a la peluquería cuando podía, tal y como venía haciendo toda la vida. Fue después, tras terminar los estudios y decidir poner algún tipo de solución, cuando comenzó la verdadera batalla.

Y ahora, ¿qué?

¿Qué podía hacer yo, con 25 años y sin tener mucha idea de por dónde empezar a cuidarme el pelo? Lo primero que hice fue cortármelo para sanear las puntas. Con lo que no contaba es que las peluqueras pocas veces me hacen caso cuando les digo lo que quiero y, en cuestión de poco tiempo, fui pasando de peluquería en peluquería con resultados poco satisfactorios. De hecho, la última vez me enfadé tanto que tardé más de un año en volver a una. Como podéis imaginar, eso tampoco benefició a mi pelo.

Desesperada, con el pelo graso y seco a la vez, lleno de frizz, sin brillo y con más canas a cada día que pasaba, decidí invertir en un buen champú. Debo reconocer que siempre me ha llamado la atención la cantidad de productos femeninos que existen para el cabello. Hay champús para cada tipo de pelo: seco, graso, rizado, anti-frizz, para cabellos teñidos, con keratina… Por supuesto, no puede faltar el acondicionador y, últimamente, los aceites para después del lavado. Y esto sin contar con los protectores térmicos para el secador o la plancha, el agua de peinado, la cera y un largo etcétera. Todo esto en unos botes a cada cual más bonito y con unas fragancias que, a veces, dan ganas de comerse el champú en lugar de lavarse el pelo con él.

En cambio, los hombres lo tienen muy sencillo. Por norma general, no tienen una amplia gama de champús y, en ocasiones, utilizan el mismo gel de baño para lavarse el pelo de la cabeza. Si lees los ingredientes de los champús “masculinos” y “femeninos”, lo único que cambia es la fragancia. Cuando le preguntaba a mis amigos, hombres con una melena envidiable hasta la cintura, qué es lo que hacían para cuidarse el pelo, simplemente me decían que usaban el mismo gel para la cabeza que para el resto del cuerpo, se secaban el cabello al aire y dejaban pasar muchísimo tiempo entre las visitas a la peluquería. Realmente me daban muchísima envidia y, personalmente, me daba rabia tener esa lucha tan constante con mi pelo.

Tras conseguir un buen champú, vi que comencé a tener buenos resultados y estaba realmente encantada. Pero la alegría me duró poco, ya que al poco de empezar a usar el champú, mi pelo se “acostumbró” al producto y pronto me vi alternando varios champús para conseguir tener un pelo decente. Incluso me daba mascarilla una vez a la semana, acondicionador después del lavado (después probé a dármelo antes tal y como había leído que se debía hacer), y muchas veces me aplicaba aceite de almendras en las puntas para hidratarlo. No notaba demasiada mejoría.

Para verme mejor y, esperando que también me mejorara el cabello de alguna manera, decidí teñirme el pelo mediante baños de color. Visualmente quedaba más bonito ver un color uniforme que no uno cada vez más canoso, pero me dio muchísima pena perder los reflejos rojizos tan bonitos que tenía.

La búsqueda continúa hasta encontrar una solución

Mi vida, por aquel entonces, ya había comenzado un proceso de transformación tras haber adoptado un estilo de vida Paleo.  Mis hormonas estaban reguladas, mi dieta era infinitamente mejor de lo que era antes, dormía y descansaba lo que debía… Mi pelo había empezado a mejorar pero notaba que le faltaba muchísimo todavía, así que me puse a mirar alternativas y a informarme mejor. Y así fue cómo descubrí los champús orgánicos, sin parabenos ni sulfitos. Últimamente se están escuchando más pero os aseguro que cuando me vi en esta situación, hace unos cuantos años, costaba encontrar la información. ¿Y qué son estas cosas y cómo afectaban a la salud de mi cabello? Los sulfitos son los limpiadores que utilizan los champús. El problema que tienen es que son muy agresivos y, a la larga, resecan el cabello, ocasionando el efecto cabello seco y graso que yo tenía. Además, destruyen la capa protectora natural del pelo, con lo que ello conlleva. Los parabenos, por su lado, son los conservantes del champú, pero se están relacionando con la alteración de las hormonas y se está empezando a desaconsejar su uso.

Y así fue cómo acabé utilizando champús orgánicos. La primera vez que se usa uno de estos champús hay que tener presente una cosa, y es que nuestro pelo está “intoxicado” por los químicos de años y años de uso de champú convencional. Por eso, cuando nos lavamos con un champú orgánico, el pelo no queda con esa sensación de limpieza a la que estamos acostumbrados y han de pasar unos cuantos días (y unos cuantos lavados) para que empecemos a ver nuestro cabello con brillo.

A su vez, comencé a hidratarme más y a darme el último aclarado con agua fría. Llevo un par de años dejando que mi pelo se seque al aire para evitar quemarlo. Además, he incrementado mis visitas a la peluquería para mantener las puntas siempre saneadas. Por otro lado, me gusta que el pelo se nutra de su propia grasa natural y, si no he de salir de casa, lo dejo sin lavar hasta 3 días. Una vez a la semana, me aplico aceite de coco de medias a puntas y dejo que actúe unos 10 minutos. El pelo queda muchísimo más suave y con un aspecto completamente sano.

Sin embargo, sentía que no era suficiente. Por un lado, si el pelo estaba muy graso necesitaba un segundo lavado, lo que hacía que, entonces, me quedara seco. Por otro lado, quería probar algún champú sólido para generar menos residuos. Y así fue cómo descubrí la arcilla marroquí llamada Rasshoul o Gasshoul. Esta arcilla lleva utilizándose desde hace muchísimos años como método de limpieza del cuerpo y del cabello. Últimamente se están viendo champúes que contienen esta arcilla, pero yo me estoy refiriendo a la arcilla que viene en polvo, la original. Si queréis leer más información sobre su origen y usos, podéis mirarlo aquí

Arcilla Rasshoul

Para poder utilizar la arcilla, simplemente vertemos en un bol una cantidad acorde a nuestra cantidad y longitud de pelo. ¿Cuál es esa cantidad? Me temo que esto va por prueba y error y, lo que a unos les puede ir bien, a otros no tanto. Una vez tenemos la arcilla en el bol, echamos agua poco a poco, sin encharcar, y dejamos que la arcilla se vaya humedeciendo por ella misma hasta conseguir una consistencia similar a una crema hidratante.

Reconozco que esparcir la arcilla por el pelo es desconcertante la primera vez. Se masajea la cabeza con la arcilla con suavidad y se deja actuar un ratito, para aclarar con abundante agua después. No es conveniente dejar la arcilla por mucho tiempo, ya que es astringente y puede secar el cabello. Por supuesto, tampoco esperes que produzca espuma ni nada parecido. Y después, ya puedes peinar y secar tu pelo como haces normalmente.

Me gusta mucho lavarme el cabello con la arcilla por la sensación de limpieza que deja. Además, me ha devuelto las tonalidades rojizas que había perdido por el tinte y eso me hace inmensamente feliz. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y la arcilla también tiene sus inconvenientes. Por un lado, si no se aplica con cuidado, puede llegar a secar el cabello. Por otro lado, a veces lo llena de electricidad estática y todavía no he descubierto el porqué. Por estos motivos, he descubierto que lo que mejor le va a mi cabello es lavar con la arcilla una vez a la semana y con un champú ecológico los siguientes días que le toque lavado.

Consejos para tener el cabello perfecto

Un consejo básico, y que nunca se dice, es seguir una dieta nutritiva, rica en proteínas, grasas y vitaminas, ya que es la base para que el cabello crezca fuerte y sano, además de mantenernos hidratados en todo momento. Dicho esto, paso a listar los siguientes:

  1. Utilizar un champú (o similar) lo más natural posible, sin sulfitos, ni parabenos.
  2. En caso de teñirte el pelo, utilizar un tinte que no utilice estos agentes agresivos. Son más caros, pero merecen la pena.
  3. Aclararse el pelo con agua fría. En caso de encontrarlo complicado, al menos procura que el agua no salga excesivamente caliente.
  4. No estrujar el cabello con la toalla para secarlo. Basta con darle unos ligeros golpes.
  5. Peinarse con peine o cepillo de madera con cerdas naturales. Yo utilizo un peine de puntas gruesas para desenredarlo y un cepillo de madera.
  6. Comenzar a desenredar el pelo desde las puntas en lugar de la raíz. Esto evita dar tirones innecesarios.
  7. Secar el pelo al aire cuando sea posible. No hay que abusar de secadores, planchas o elementos que aporten excesiva sequedad al cabello.
  8. Utilizar la grasa natural del cabello en nuestro beneficio.
  9. Darse mascarillas de aceite de coco. Lo ideal sería dejarla actuar durante una hora, aunque a veces es muy complicado encontrar tanto tiempo para ello.
  10. Cortarse las puntas cada 3 meses. Esto hace que el cabello crezca más rápidamente, se enrede menos y, por consiguiente, se conserve mejor, además de lucir mucho más bonito. Si vemos que el pelo se nos empieza a enredar más de la cuenta, es un indicador de que necesitamos pasar por la peluquería.

Y con esto, espero haber ayudado a aquellas personas que se hayan visto (o se vean todavía) en una situación similar a la mía.