Hoy volvemos a hablar de dinero, el recurso por el cual más tiempo de nuestra vida invertimos. Desde pequeño siempre me han dicho que el dinero no da la felicidad. Sin embargo, los niños a mi alrededor siempre parecían muy felices jugando con sus juguetes nuevos, algo que a mí sólo me estaba reservado para navidades. El resto del año con una pelota y fútbol era más que suficiente. Quizás fuera que mis padres siempre han sido frugales y me querían inculcar su modo de vida. Quizás fuera porque sabían algo de la vida que a mí se me escapaba.

Sea como fuere fui creciendo y experimentando el mundo por mí mismo. Para muchos de mis amigos la felicidad consistía siempre en gastarse dinero, ya fuera comprando un coche nuevo, o bien yendo a cenar y luego al cine todas las semanas. Mis amigos fiesteros preferían ir a las discotecas a gastarse todo lo que tenían (y todo lo que no) en bebidas. Quizás yo siempre haya sido raro y ese tipo de cosas nunca me han dado una felicidad duradera.

Estoy hablando de esto porque leyendo el otro día el subreddit de independencia financiera alguien enlazó este artículo que hablaba sobre un curso que el “New York Times” calificó como el más popular de la universidad de Yale. Un curso que trata de la felicidad y que tengo pendiente de hacer. El quid del artículo es que habla del concepto de “miswantings”, del cual no he encontrado una palabra en castellano con un significado similar, pero que podría ser un deseo fallido.

¿Que és un deseo fallido? En este caso nos estaríamos refiriendo a ese tipo de deseos que una vez los alcanzamos, nos damos cuenta que no nos dan la alegría o satisfacción que suponíamos que nos darían. Esto nos ocurre constantemente con el dinero. A no ser que en nuestro caso tengamos muy poco dinero y vivas a base de arroz y judías, ganar un poco más de dinero a fin de mes no cambiará significativamente tu felicidad. Esto lo experimenté en mi actual trabajo, en las habituales revisiones de rendimiento. La subida fue bastante buena, de un 15%. Sin embargo, me dio más alegría las cervezas de después con los compañeros que ver mi nueva nómina, que no afectó en nada mi vida de aquel entonces.

Curiosamente, nuestra mente tiende a engañarnos pensando siempre que más es mejor y solemos gastar mucha energía en objetivos que no nos aportan tanta felicidad como nos creemos, como un ascenso o tener un trabajo extra para llegar antes a ser financieramente independientes.

También tiene el problema añadido de que una vez cumplidos nuestros objetivos, entra en acción la adaptación hedónica. ¿En qué consiste dicha adaptación? Consiste en que una persona, tras experimentar un importante suceso positivo o negativo en su vida, suele volver rápidamente a su nivel de felicidad normal. A medida que ganamos más dinero, nuestros deseos y aspiraciones crecen acorde a ellos, por lo que nuestra felicidad no se incrementa, se mantiene estable a lo largo de la vida. Si tu yo estudiante era feliz tomándose unas litronas en casa de los colegas, tu yo de ahora quizás tenga que ir al bar de moda a tomarse un gintonic. Aunque lo que nos hace feliz, es compartir nuestro tiempo con nuestros allegados.

Los deseos fallidos se retroalimentan con la adaptación hedónica, haciéndonos creer que aquello que una vez consideramos que al tenerlo seríamos felices para siempre, descubrimos tras un breve tiempo de tenerlo que no es suficiente. Necesitamos otra cosa. Y así hasta el infinito. Afortunadamente, no todo es negativo.

La parte positiva es que la adaptación hedónica es una herramienta muy poderosa si la sabemos usar bien. Nos permite recuperar nuestra felicidad cuando las desgracias ocurren en nuestra vida, permitiéndonos seguir adelante. También nos permite cambiar o adaptar hábitos en nuestro estilo de vida sin que por ello se acabe el mundo. De hecho, tras un tiempo de esfuerzo, estos cambios saldrán naturalmente de nosotros, sin que nos cueste un gran esfuerzo. Por ejemplo, ir a entrenar por las mañanas temprano al gimnasio o decidir cenar en casa con unos amigos en vez de ir al restaurante de moda. También ocurre por haber vendido tu coche de los sueños que te arruinaba cada vez que pasabas por la gasolinera y optar por tu bicicleta. Al principio es complicado, pero al cabo de un tiempo nuestra felicidad vuelve al punto inicial.

A estas alturas ya deberías de saber por qué el dinero no da siempre la felicidad. Pero… ¿qué podemos hacer nosotros para tener mejores niveles de felicidad? Hay muchas opciones diferentes, aunque depende de los gustos de cada uno. Estos son algunos de los que puedes intentar.

  1. Los humanos somos seres sociales, así que interactuar con personas nos hace felices. Tener una buena relación con tu familia o amigos siempre será beneficioso. También nos gusta ayudar, así que contribuir a tu comunidad puede ser beneficioso por partida doble.
  2. Aprender o practicar habilidades que mejoran tu día a día y no centrarse tan sólo en el aspecto profesional. A mi me encanta leer y escribir, así que intento que mi día siempre tenga un poco de ambos.
  3. Estar en contacto con la naturaleza. He de reconocer que me gusta el verde y me encanta perderme por jardines y parques. Si además tengo la suerte de ver animalejos por el camino, todavía mejor.
  4. Ejercitarse regularmente y alimentarse de modo saludable. Está sobradamente demostrado que el ejercicio y la alimentación influyen muy positivamente en nuestra felicidad.
  5. Tener un propósito en la vida y tratar de alcanzarlo. La gente es más feliz cuando tiene metas personales de ámbito no material. Por ejemplo, concienciar a la gente de que el consumismo es perjudicial y que adoptando hábitos más conscientes, podemos ser más felices y salvar al planeta.
  6. Tratar de ser más conscientes de nuestros actos y acciones, así como apreciar más lo que tenemos en vez de centrarnos en lo que carecemos. Por ejemplo, mediante la práctica de la meditación o el “mindfulness”

La verdad es que hay muchas más opciones. Hay gente a la que le encanta hacer cosas con las manos, desde hacer sus propias reformas en casa para tener la ducha de sus sueños, hasta restaurar una vieja moto para convertirla en una maravilla. La cuestión es experimentar e ir probando. Seguro que el proceso te dará más felicidad que el dinero.